sábado, 26 de febrero de 2011

   Solía cerciorarse de las intenciones que llevaban, antes de encender las velas.
Cuando se fraguó la batalla, vestía camisa azul y tejanos gastados. Apenas un toque de rimmel para enmarcar la mirada final.
Aquella extraña del espejo, no se correspondía con la extraña de las fotos del álbum familiar.
Todavía recordaba aquel verano del 99, el verano en el que había despertado a la vida adulta y liviana.
El verano de la resurrección.
Después... centenares de traspiés, invisibles victorias y ningún trofeo en las vitrinas.
 Dando un paso al frente, se aseguró de que todo estuviera correctamente dispuesto. El vino, la sal y las tijeras.
-Es fácil perder la Inocencia cuando te tropiezas con la Modernidad - dijo para nadie - Fácil no vincularse cuando derrochan atenciones a tu alrededor, cuando adulan cada movimiento de tu pluma, cuando despliegan todos los encantos y armas premeditadas.
Es fácil rendirse a los encantos de las Sirenas de aguas dulces y voces ceremoniosas- prosiguió, nadie la oía-abandonarse a tiernas mazorcas embalsamadas con los mejores ungüentos para las ocasiones especiales.
Es relativamente sencillo naufragar en las circunstancias y dejarse querer, una verdadera Odiséa que te quieran cuando te quitas el disfraz- sentenció - Pero lo realmente dificil es querer.
Un día no estaré. Un día no estarás. Un día sólo serémos dos nombres en una agenda de teléfonos, un contacto más en una red social.
Un día dejaré mi casa y otros absorverán nuestras esquinas. Tú cambiarás la ciudad de las calles peatonales por alguna más Cosmopolitan.
 Yo me moriré por seguirte pero callaré como tantas veces. Tú nunca me dirás nada porque siempre me quisiste de paso.

 Pronunciaba estas parrafadas al aire y se sentía axfisiada por su propia certeza. Como decía, ya estaba todo preparado. El vino, la sal y las tijeras.
Vino para su conciencia, sal para sus estigmas y tijeras para su lengua.

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