martes, 8 de febrero de 2011

 Se resistía el corcho de la botella de vino blanco, aquella mañana. ¿Quién marca las horas propicias para saborear el tipo de líquido que te pide el cuerpo?
No sabía de nadie, así que sacó su copa plástica de brindis y la llenó hasta los bordes.
Acompañada de surcos profanando su cara, le hubiera gustado decir que no hubo nadie que la quisiera como Tú.
Hay tipos de personas que sólo encuentras una vez en la vida.
No son las más comprensibles ni las más políticamente correctas pero son las de verdad, las que te hacen sentir bien.
Así fue.
Llegó un día que por fin entendió.
Un día las ténues esperanzas, se mudaron a las antípodas de sus piernas y entonces dejó de esperar.
Sucedió la tarde que, compartiendo un café con amigos, cayó en la cuenta de la silla vacía a su lado.
Sé que tuvo ganas de morir.
Esa silla había tenido nombre y apellido. Supongo que se dieron cuenta pues alguien la  movió de sitio, acompañando su comprensión con una mirada de ternura. Agradeció la ausencia de un "ya te lo advertí".
 No. El despertar no es fácil. No es rápido. Ni siquiera alivia un ápice la insana nostalgia de un pasado mejor.
Pudieron tenerlo casi todo y casi todo, casi se vuelve casi nada. Mas nunca podría agradecerle el hueco que le había hecho en este mundo carente de todo.
Inexplicablemente ahora tenía ganas de saltar etapas, de correr maratones y de pintar sus labios.
Bebió un nuevo sorbo de vino amargo y se le antojó  dulce. Podía haber sido peor. Podía haberse quedado sin conocer las mieles de las hieles que aparecen en cada latido. Aunque en los momentos fantasmagóricos de las ausencias, creía que no había cosa peor que quedarse a las puertas del tan ansiado Oasis.
Serenamente, acompañada únicamente de su botella dorada, anotó cada frase disertadora que le había pronunciado en los últimos tiempos. Luego las releyó para asumir que no había nada por lo que batallar. Sólo esperar el momento de su despedida.
Se sentía bien porque tal vez, Él encontraría lo que tanto ansiaba. Guardaría sus "nunca pasa nada" en una habitación carente de desolación y hastío.
Al menos que uno de los dos lo consiguiera.
Saldría por la puerta de atrás sin hacer ruido, recordando que "no había nada".
Con su copa vacía, su pitillo en la boca, su sonrisa a pié de página y sus ganas de llorar, repetía en voz alta: "Soñar, no es tan bueno."

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