Retornar, fue como querer tomar las rotondas por la izquierda en algunas ciudades. Una utopía.
Imposible también navegar, yo que nunca tuve navío, ni remos, ni mares propicios. Yo que a duras penas sé nadar.
Dormía mi vida, mientras tú dormías...mientras soñabas con ser poeta de los mares del mundo, de propios y de extraños.
Llega ya Junio, Julio, Agosto... y con ellos, la ténue probabilidad de olvidar en las carreteras la aventura de mi desventura.
Irremediablemente, vi como se perdian girasoles en un cruce de caminos, en el minuto aquel que...¿cuál fue el exactamente el minuto? ¿en qué momento no hubo marcha atrás?
Ánimo y desánimo van de la mano a beberse los restos de las botellas que quedaron, aquellas que un día fueron para brindar que llegaba un nuevo día, que nos cobijaban en la nocturnidad de las confidencias.
Todavía se oyen los ecos de los silencios venideros, del sonar del teléfono al otro lado del tabique, del alegre tintineo del metal y los pasos apresurados.
El final, fue el preludio de los páramos y desiertos vaticinados por charlatanas de pañuelo en el pelo.
lunes, 30 de mayo de 2011
sábado, 7 de mayo de 2011
Azul, verde y añil... traspasan esos tres colores los estados fronterizos de sus pupilas. A duras penas, trata de enfocar las distintas variedades cromáticas que sabe que están ahí. No las distingue.
Con los años fue perdiendo el olfato sin ningún tipo de trauma, pero esto era otro cantar.
Acostumbrarse con la treintena en sus costillas a ver el mundo en blanco y negro, se le antojaba injusto y poco alentador.
Creía un Lunes a las cuatro de la tarde, que Dios volvía a estar en todas partes.
Repasaba mentalmente cada oración aprendida en la habitación al lado del Púlpito, dónde la humedad aparecía en forma de dibujos retorcidos y los niños hablaban entre susurros por miedo a ser irreverentes con "El que todo lo oye y lo ve". De aquellas tardes de Domingo, sólo quedaban vagos recuerdos de algunos nombres y apellidos y la lejana esperanza de que todo iría bien, con tan sólo seguir los diez pasos estipulados.
Sabía muy bien el día y la hora exacta en la que había perdido la Fé, pocos años después.
En la búsqueda incansable de la plenitud del alma, encontrose con trenes conducidos por suicidas, asesinos y jueces de lo absurdo. Le fueron tejiendo unas vestiduras tan contrarias a lo que era, que apenas podía reconocerse en los cientos de ojos que se cruzaba a diario. Una densa cortina de humo emanaba, venenosa, entre ella y las masas corpóreas de sus semejantes, impidiendo todo tipo de contacto sincero y fluído.
Creía un Viernes, a las siete de la tarde, que todo volvía a ser un espejismo.
Con los años fue perdiendo el olfato sin ningún tipo de trauma, pero esto era otro cantar.
Acostumbrarse con la treintena en sus costillas a ver el mundo en blanco y negro, se le antojaba injusto y poco alentador.
Creía un Lunes a las cuatro de la tarde, que Dios volvía a estar en todas partes.
Repasaba mentalmente cada oración aprendida en la habitación al lado del Púlpito, dónde la humedad aparecía en forma de dibujos retorcidos y los niños hablaban entre susurros por miedo a ser irreverentes con "El que todo lo oye y lo ve". De aquellas tardes de Domingo, sólo quedaban vagos recuerdos de algunos nombres y apellidos y la lejana esperanza de que todo iría bien, con tan sólo seguir los diez pasos estipulados.
Sabía muy bien el día y la hora exacta en la que había perdido la Fé, pocos años después.
En la búsqueda incansable de la plenitud del alma, encontrose con trenes conducidos por suicidas, asesinos y jueces de lo absurdo. Le fueron tejiendo unas vestiduras tan contrarias a lo que era, que apenas podía reconocerse en los cientos de ojos que se cruzaba a diario. Una densa cortina de humo emanaba, venenosa, entre ella y las masas corpóreas de sus semejantes, impidiendo todo tipo de contacto sincero y fluído.
Creía un Viernes, a las siete de la tarde, que todo volvía a ser un espejismo.
lunes, 2 de mayo de 2011
Contrariamente, el cansancio acumulado del año ponía un punto y aparte en sus ideas renacentistas. Sale a la calle, mira los surcos de las aceras e imagina las pisadas ajenas de tanta gente desconocida. Pero están ahí. Por alguna razón existen, se cruzan y no se saludan. Para bien o para mal, todo puede cambiar en una micro-décima de segundo.
La intuición es un arma de doble filo si no posees la destreza en su uso y disfrute. Nadie elige, nacemos con marcas invisibles que con el paso del tiempo salen de su escondrijo. Algunas se disipan con las partículas curativas de algunos semejantes, otras se transforman en cicatrices permanentes y los más fuertes, las obvian y aprenden a no verlas.
Mañana parece que hace un Siglo que te fuíste... con tus heridas de combate. Esas que me transmitías cada vez que me veías revuelta ( así lo llamabas tú cuando me ponía imposible). En mis cada vez más espaciadas visitas, me soltabas con ese aire despreocupado que el tiempo no me había cambiado pero que me veías distinta, "deben ser los aires de la capital"-murmurabas burlón- ¿Cómo no iba a reirme con tu diplomacia arrolladora? Después, comentabas que había tenido la fortuna de haber heredado tu dentadura y la carcajada era todavía más sonora. Reíamos los dos en el patio y en la cocina, se hacía un silencio, en un intento de enterarse de algo.
Puede que ahora me veas de otra manera desde tu lugar incógnito.
La intuición es un arma de doble filo si no posees la destreza en su uso y disfrute. Nadie elige, nacemos con marcas invisibles que con el paso del tiempo salen de su escondrijo. Algunas se disipan con las partículas curativas de algunos semejantes, otras se transforman en cicatrices permanentes y los más fuertes, las obvian y aprenden a no verlas.
Mañana parece que hace un Siglo que te fuíste... con tus heridas de combate. Esas que me transmitías cada vez que me veías revuelta ( así lo llamabas tú cuando me ponía imposible). En mis cada vez más espaciadas visitas, me soltabas con ese aire despreocupado que el tiempo no me había cambiado pero que me veías distinta, "deben ser los aires de la capital"-murmurabas burlón- ¿Cómo no iba a reirme con tu diplomacia arrolladora? Después, comentabas que había tenido la fortuna de haber heredado tu dentadura y la carcajada era todavía más sonora. Reíamos los dos en el patio y en la cocina, se hacía un silencio, en un intento de enterarse de algo.
Puede que ahora me veas de otra manera desde tu lugar incógnito.
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