- Estoy aquí, ¿no me oyes repirar? - Esto lo murmuraba para sus adentros, no queriendo avivar huracanes inhóspitos.
-¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Una semana, un mes... tal vez cuatro? No lo recuerdo...
¡Bah! ¿A quién le importa ahora que, por fín, está amaneciendo?
Era la que velaba su sueño y sin embargo, eran otros nombres los que pronunciaban sus noches anónimas.
- Escupe el veneno que te inyecté algún día. Devuélvemelo, por favor. No te quedes con las mil contradicciones que vomité en tu cara impasible.
Mis piés no me siguen. Mi sentido común ha presentado, vía oral, su renuncia. Me duelen las hojas de papel, los mártires desnudos en cumbres de montes paganos, los escombros incandescentes de mis flaquezas y delirios. Pesa mi "enajenación mental" en todas sus manifestaciones.
¿No ves qué hay mermelada de sesos por toda la habitación?
Huele a desidia y a combustión lenta ¿no notas qué me estoy pudriendo? - Acercó la oreja a su pecho para oir si le latía el corazón. Ahí estaba. Bum, bum... latía. Entonces... no estaba muerto. ¿O sí?
Desinfectando heridas abiertas con saliva compartida, empuñó el bolígrafo y se lo clavó en una mano. Concretamente, la derecha.
Entonces vió los cuervos. Graznidos que no dejaban lugar a dudas. Prefería que se convirtiera en pasto de lobos hambrientos de ciudad, a dejar que compartiera su maleta de viaje.
- Bien. Ya lo entendí. Sabe a balada lacrimógena tu manera de decirme adiós. Es tu subconsciente el que te traiciona, no yo. No hay ya público, en el púlpito donde me plantaba a darte mis discursos más ufanos. Me derrumbo a la par que se derrumba mi casa.
Por otro lado, ¿Alguién ha visto mi capucha azul?
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