Le resultaba tan obvia su forma de deslizarte a través de las corrientes alternas, que todo se tornó más fácil.
Se retorció como un gusano por todas las calles, imploró encontrar amnesia en las esquinas, sopló las velas cumpleañeras de cuántos se encontraba, para desear que el tiempo volara...
Pero todo fue en vano.
Gimoteaba sobre su mala suerte, pisaba charcos de lodo, descalza...
Pero seguía siendo un fraude.
Al fín, un día se despertó con la incipiente indiferencia, como compañera de piso.
El lacerante martilleo en las entrañas, dejó paso a una fria calma.
Los latigazos en la espalda, volviéronse anonimato y consciente globalidad.
Rutina. Asomo de tímido repudio.
Siempre era igual.
Adivinaba sus caminares sibilinos entre una multitud buscada a conciencia.
El interés y la Idolatría se fueron desdibujando, como la mueca de un Mimo.
Ya no se sentía pequeña, ya no se sentía vulnerable, ya no se sentía del montón.
Su camino tal vez, se le antojaba ahora, florido y soleado.
El regalo no era él, era ella.
Era un obsequio de pequeñas dimensiones y discreta envoltura, pero limpio y real.
Imaginó dos rutas paralelas que se alejaban en el horizonte.
Ella para encontrarse, él para encontrar.
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