El viejo hacía bastones con sus propias manos.
Tuve que pasar un largo proceso, para darme cuenta de que era viejo.
Tenía los ojos verde amarillento, la altura y fortaleza de un gigante y la sonrisa más bonita del Sistema Solar.
Cuando nadie me entendía, él me sonreía. Asentía con sincera parsimonia, cada locura que vomitaba mi boca.
De mis últimas visitas, no guardo recuerdos tangibles (me odio por ello)
Ahora me doy cuenta de su persimidad para conmigo.
Todo el mundo hablaba bien de él. Llevaba la palabra Respeto, tatuada en la frente.
Cuando todo se tornaban arenas movedizas, mis piernas corrían hacia su Omnipresencia.
De mi época incomprendida, sólo recibía sus llamadas de aliento.
Fuí una niña extraña, una adolescente complicada y una joven demasiado despegada, mas siempre supo darme la explicación para mis desvaríos.
"Non eres deste mundo, miña nena".
Hoy me aconseja en cada bifurcación. Increpa mis fuerzas cuando quiero tirar la toalla.
Oigo su voz en cada estancia de mi casa y cuando caigo, sólo es él el que me levanta.
No había caído en la cuenta de que podía faltarme y ahora que no está, me hace mucha falta.
Me senté en su nueva morada un 24 de Diciembre, ansiando volver a verle, que me contara de su vida en la otra dimensión, que me aconsejara como tantas veces...
Nadie contestó.
Decía que yo iba a ser grande y me carcome por ello, la ligereza con la que he llevado mi vida.
No sé donde estás, ni con quién te codeas...pero sé que me velas cada día.
Sniff, sniff, sniff.... Buááááááááá.
ResponderEliminarQuiero a mi abuelo...
Y al tuyo...
Y a todos los abuelos del mundo...