El barco al que nunca llegamos a subirnos
se me aparece en sueños
y lo veo zozobrar.
Reposan vacías de tí y de mí
las calles del pueblo marinero que decidiste enseñarme
cuando todavía era verano.
No sé cuando empezaste a marcharte.
Recostaba mi cabeza en el asiento de al lado
hablando con las cosas
y escuchándote silbar.
No supe como decirte que hubiera querido morír allí.
Me hice valiente tras tu persiana
renací en cada película que me regalabas
te rompí media vajilla y un cenicero.
¿Qué será de nuestra playa cuándo agonice Mayo?
¿O del museo en el qué jugabas a ruborizarme
la primera mañana qué aterricé?
Maldigo el día aquel
en que mis labios osaron murmurar
mi desasosiego.
Arreciaba sobre tu coche
la tormenta más triste que recuerdo.
Altanero izaste la barbilla
para decirme lo que tanto miedo me daba
guardando en tus bolsillos
mis pocas ganas de nacer en algún sitio.
Murieron desde entonces
tus ganas de verme, las canciones
y mi templanza.
Oteo los desprecios
en cada lágrima que me asola.
Tu rabia incontenida
sobre el rostro que te descubre cada mañana.
Si no te amé, estuve cerca.
Sólo sé que hubiera dejado escapar
cada uno de mis sueños
a cambio de que se cumplieran los tuyos.
¿Acaso ése no es, el más grande de los amores?
Ya no importa.
Vaticinas otro nombre junto al mio y vas dejándome atrás.
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