miércoles, 20 de abril de 2011

Ya no hay flores.

Tenías miedo de ahogarte entre mis escombros. Desde los acantilados, yo te gritaba con la garganta llena de tierra. Vi tu sombra alejarse como respuesta.

 Serenamente, iba olvidando cada rostro que hubo en la cartera. Palabras, sueños hoy irreconocibles y alguna que otra carretera.

Recordaba que olvidaba y el palpitar esquizofrénico se hacía más evidente. Las cornisas de los tejados eran postres golosos al gran festín existencial.

En este preciso momento, no sabía dar con las respuestas para el desasosiego y el repudio. Para la falta de tacto y  la ausencia de los abrazos de película en blanco y negro.

¿Existen los finales felices? ¿Alguien lo sabe?... Tal vez son como los papeles de tu caja de bombones. De colores, pero de plástico.

El cariño puede volverse un arma arrojadiza. ¿Quién lo entiende? Mas también volaba en tu alfombra mi sonrisa y mis pupilas, cuando las cosas no iban bien.

Es fácil ser un cebo de pirañas cuando no se sabe nadar. Es fácil sucumbir a personalidades novedosas cuando en mi nevera no hay más que lágrimas.

¿Dónde estaban las flores cuándo yacía mi lozanía? ¿Dónde las excursiones al limbo, cuándo mi suelo se abría?
¿Dónde estaba el reconfortante aliento, cuando olvidaba respirar ? ¿Dónde estaba la mano en mi mejilla, cuando las ojeras las cubrían?

En la búsqueda desesperada de la salida, del encuentro encarnizado de un atisbo de estima sincera, hayó peliagudos improperios que aplastaron su fé.

¿Hay algo más voluble qué el ser humano? Guardo tu receta de resignación en mi bolsa de la playa.

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