El viento azota las persianas a media asta, avisandola que no está inmersa en la peor de las pesadillas.
Todo es real.
Su pulso se ha vuelto débil y apenas lo escucha, en medio de ese silencio fantasmagórico y surrealista. En la otra habitación, ruge la desidia... y su vida. Ruge sin piedad , ajena al dolor inmundo que se agolpa en cada resquicio de piel.
No quiere ver más lágrimas que le recuerden que, en realidad, son suyas también.
Arañando las paredes, fue subiendo poco a poco, galopando en su cintura y en su abrazo, en sus ganas de tenerla siempre a su lado, frotando su nariz.
Imploró en sus bajezas, un poco de consuelo en ese sumidero pestilente en el que sucumbia.
El minúsculo rayo de sol que tímidamente había aparecido, jaranero y etílico se fue con los nubarrones a celebrar su derrota.
No hay esperanza para los que todavía poseen corazón.
Si supieras como me siento... y mañana será peor que hoy.
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