La gata deambula sin rumbo a lo largo de las calles.
Ya no tiene cuatro patas ni el pelaje brillante y suave, rebusca entre contenedores, por si se encontrara un atisbo de amor propio, un resquicio de lealtad voluntaria, o una pequeña vía de escape.
La gata estúpida, tiene la vista nublada. No sabe si porque va dopada o porque va malherida.
Silenciosa, acompaña en sus viajes al latifundio de las pesadillas, a la bruja del cuento.
La "meiga" timorata que sólo vive de sus instintos y muere en vida por sus vaticinios orates.
La felina sin garras, aúlla en las noches tras las ventanas vecinas. Huele la podredumbre humana y llora por ellos, por todo cuanto se lastiman y se escupen.
Una niña de de coletas rizadas, le dedica una sonrisa de lástima.
Sólo los viejos tatuados de olvido forzoso y los niños vestidos de inocencia caduca, saben leer en sus ojos de gata extraviada.
Le ronda hace tiempo por su cerebro minúsculo y estrecho, que tal vez la Futuróloga erró en sus presentimientos.
Lame y se relame cada golpe certero y clama al cielo atragantarse con alguna espina fortuíta que adelante su fatal desenlace.
Sólo el suyo, inevitablemente.
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