Fue a recoger caracolas, para escapar de las circunstancias. El mar no estaba hostil, tampoco manso e invitador, ni tan siquiera era azul.
Paseaba la gente a lo largo de la orilla, como paseando sus perras penas.
La mujer que había en ella, había dado un portazo y emigrado a las Antípodas, no sabía muy bien de donde, había tratado de disuadirla de su plan de fuga, pero sólo había conseguido un: "deja entreabierto, por si acaso vuelvo".
Sus pies descalzos se arrastraban por la tibia arena, haciendo surcos que sólo ella distinguía.
-Tal como era entonces- pensaba- entre un millón de huellas, podría asegurar cuales eran las tuyas.
Tanto silencio en una playa masificada un día de Agosto, tanto silencio entre los gritos y algarabías de los niños jugando en la orilla...
Los tejados de las casas, auguraban una familiaridad que ya no distinguía en sus guiones y sin pretensiones victimistas, sospechaba que no volvería a ser pasto de su lápiz insalubre.
Las historias tienen una final mejor, si no se piensan demasiado, si tal vez no se percibe un vestigio increpante de irónica nostalgia. No se pierde nada cuando no se tiene nada que perder.
En sus ensoñaciones melancólicas, fue a parar al borde de la recurrida roca "de pensar y de leer", aquellas pasadas tardes invernales, donde encontrarse era un milagro y los milagros no existían.
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