Yo maté al Unicornio. Le maté cuando todavía no había aparecido ni un asomo de mis instintos asesinos.
Le maté sin querer matarlo.
No quería su sangre milagrosa, buscada por antepasados ancestrales, sólo quería olerlo, saber si existía.
Exístes... ahora lo sé y ya me basta. Aunque seas escurridizo como los bancos de niebla de un atardecer, que sólo se ve en los sueños más pretenciosos e imposibles.
Miles de personas te buscarán a través de los Siglos venideros, pero yo, querido Unicornio, te tuve.
Te tuve sin tenerte.
Te tuve. Aunque sólo fuese en mi retina , ahora grisácea y vieja, deslumbrada por la belleza de tu contorno, aquel primero de Noviembre.
En los meses venideros entendí, que contigo yo tenía fecha de caducidad. Que eran en vano mis fantasías y pensamientos paranóides. De nada servía mi beso sincero, las hojas en blanco reservadas para estampar tus huellas, la ofrenda de mis vísceras en tus altares o mi otra mejilla en tus desaires.
No hay comentarios:
Publicar un comentario