La chica del bar de la rotonda de mi casa, tiene un mal día, pero me ha regalado una sonrisa.
Hoy he madrugado. Normalmente no tengo mucho que hacer un lunes por la mañana, únicamente regocijarme de la suerte que me proporciona mi trabajo, permitiéndome disfrutar de mis sábanas cuanto quiero.Aún así, no pospongo mucho tiempo mi puesta en marcha.
Como decía, no tengo mucho que hacer, pero hoy menos.
Es festivo.
No puedo inventarme una tarea que entretenga la inquietud de mis piernas, más que ir a comprar el pan del día y tomarme un café por mi cuenta.
Escogí un bar al azar.
Suelo elegir, para ir sola, esos que no llaman mucho la atención por su decoración. Siempre están medio vacíos y mi aplastante timidez (viene a visitarme tres días a la semana) no se siente amenazada.
De entrada aroma a madera vieja, a polvo empadronado en las estanterías, a aseos amarillentos con grifería que, al tocarla, te deja en los dedos olor a metal oxidado.
Mi mesa era cuadrada y pequeña, color miel gastada y unos surcos que recordaban que había llegado un día para quedarse.
Cojeaba un poco.
La salpicaban nombres propios, grabados con los cuchillos pequeños del croissant manofacturado.
Muchos nombres.
Algunos encerrados en un corazón, algunos acompañados de adjetivos del libertinaje, otros ornamentados con dibujos varios...
Como no venían a mi encuentro, me levanté y ojeé un par de periódicos que dormitaban sobre la barra, esperando encontrar alguno que me contara como le iba a mi querida Coruña.
Llegaron a mis pabellones auditivos, unos murmullos que iban en aumento, hasta casi convertirse en discusión con decoro por el emplazamiento (gracias, los gritos me transforman en un avestruz ).
Un hombre con voz aguardientosa, farfullaba algo sobre la sal de la tortilla. Ella se defendía diciendo que, ni era para tanto, ni era algo que le ocurriera sistemáticamente.
Arrastré algo que un día había sido un cenicero, para hacer de mi presencia una realidad. Tosí, sin fingir demasiado, (este invierno está siendo castigador con mis bronquios, el tabaco ayuda bastante, si...) saludé al taburete despellejado con un golpeteo contra el suelo, canturreé una canción de moda, hice una coreografía tipo película gringa, donde los vasos cobran vida y te acompañan con aplausos y vitoreos, los cuadros se armaron de brazos e hicieron resonar unos tambores, repentinamente aparecidos en escena, tenedores y cucharas zigzagueaban en fila, bailando algo parecido a "La Macarena", la mugre de las botellas eran coristas de Gospel y abrían sus negras voces en segundas, terceras y quintas... ¡aquello era una fiesta por todo lo alto!. Fuí Judy Garland por un instante...( esto último es sólo una fantasía de mi volátil e infantil cabeza. No sucedió nada de eso. Y si ocurriera... no lo contaría. Paso de vacacionar en Hospitales Psiquiátricos, al menos por el momento. )
Por fín se hizo un silencio. Luego, física la Reprendida.
No sé muy bien en que variedad cromática catalogar su color de pelo.Creo que su intención era ser rojizo, pero se había quedado sólo en eso. Tonos marrones, por momentos negros, destellos cereza y , en los nacimientos, blanco-grisáceo.
Tenía una de esas caras que uno no recuerda. Que de entrada no llama la atención. Los ojos pequeños y pelados. En el entrecejo, un pliegue inconformista.
No recuerdo más de su cara.
Vestía de azul marino. Un lunar campaba alegremente en un discreto escote.
Tendría unos cuarenta y tantos años. No creo que alguna vez alguien la hubiera considerado una belleza pero son sólo suposiciones, porque ¡el gusto es tan dispar...! ( a Dios gracias ).
Su expresión era de cansancio y malestar general. Tuve la impresión de que sus excursiones al reino de los patrones vociferantes, eran bastante frecuentes.
Pedí mi café, no sin cierto reparo por lo característico del mismo, no quería incordiarla más ( los que habéis compartido un café conmigo, sabéis de lo que hablo. Templado, clarito, con dos azucarillos...con espuma mejor.) aún así, me arriesgué a sugerir mi gusto por el recuelo, con toda la amabilidad que me fué posible.
Dejó de lado su disputa tortillera, relajó su entrecejo y me dedicó, sólo para mi, mi segunda sonrisa del día.
Como reza esa gran película de Emir Kusturica : "La vida es un milagro ".
Emir Kusturica eh?
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