sábado, 4 de diciembre de 2010

Con canas y a lo loco

-Vete...no volveré a comer de tu mano.

   Dos cafés tibios yacían en la mesa, olvidados por unos labios ahora fruncidos en una mueca de forzada serenidad.

Abrió su armario con pronta decisión y allí estaba: el vestido hecho con su indiferencia, con su desdén, con las caricias que no vino a buscar...

Al rozar la piel con su tacto doloroso, erizósele el orgullo y un escalofrío -casi orgásmico- la estremeció.
-He muerto -pensó- me has matado...ahora vive en mi esa que tanto anhelas: la perra, la que no mira a quién, la que nunca te espera.

En el espejo dos sombras azuladas bajo sus ojos, cien nuevas arrugas en su sonrisa; en el cuello algún resto casi desvanecido de sus encuentros bajo las sábanas.

  Le había costado librar la batalla contra su añeja promesa de no darse a nadie, una constante excursión al muro de los lamentos y un dineral en tiritas que ocultaràn la herida sangrante.
Aún así, salió a la superficie y farfulló en su escueto lenguaje todo tipo de sueños románticos.
  Recordaba ahora el resultado final. 
Como llegó jadeante a contarle su realidad con el único propósito de descansar en su hombro( ¡ cuán dura había sido la escalada!)

Recordaba su rostro descompuesto y acusador que hicieron que la palabra desesperación fuera un estado idílico comparado con lo que estaba sintiendo.

 Le aconsejaba que bebiera de otras bocas, que se inyectara nuevas vitaminas, que se abrigara con nuevas ropas; le pedía que se mirara en otras pupilas, que se agarrara de otras manos y que se meciera con nanas extrañas... cuando TODO se volvía NADA si su olor no la rondaba.

Con sus disparatadas promesas la hirió sin querer.

Ahora debía devolverle todo el bien que le había hecho aunque con ello tuviese que hilvanar una gran mentira que le liberase de toda culpa.

Cobijada en sus  pocas ganas de volver a empezar, se dió cuenta de que se hacía vieja. 







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