sábado, 7 de mayo de 2011

Azul, verde y añil... traspasan esos tres colores los estados fronterizos de sus pupilas. A duras penas, trata de enfocar las distintas variedades cromáticas que sabe que están ahí. No las distingue.
Con los años fue perdiendo el olfato sin ningún tipo de trauma, pero esto era otro cantar.
Acostumbrarse con la treintena en sus costillas a ver el mundo en blanco y negro, se le antojaba injusto y poco alentador.

Creía un Lunes a las cuatro de la tarde, que Dios volvía a estar en todas partes.
Repasaba mentalmente cada oración aprendida en la habitación al lado del Púlpito, dónde la humedad aparecía en forma de dibujos retorcidos y los niños hablaban entre susurros por miedo a ser irreverentes con "El que todo lo oye y lo ve". De aquellas tardes de Domingo, sólo quedaban vagos recuerdos de algunos nombres y apellidos y la lejana esperanza de que todo iría bien, con tan sólo seguir los diez pasos estipulados.

Sabía muy bien el día y la hora exacta en la que había perdido la Fé, pocos años después.

En la búsqueda incansable de la plenitud del alma, encontrose con trenes conducidos por suicidas, asesinos y jueces de lo absurdo. Le fueron tejiendo unas vestiduras tan contrarias a lo que era, que apenas podía reconocerse en los cientos de ojos que se cruzaba a diario. Una densa cortina de humo emanaba, venenosa, entre ella y las masas corpóreas de sus semejantes, impidiendo todo tipo de contacto sincero y fluído.

Creía un Viernes, a las siete de la tarde, que todo volvía a ser un espejismo.

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